El Museo del Prado experimenta una nueva transformación que marcará un antes y un después en su historia reciente. La Galería Central, auténtico eje vertebrador de la pinacoteca, se despide del verde grisáceo que la acompañaba desde 2008 para vestirse con un azul índigo profundo. Un cambio cromático que no solo afecta a la estética, sino también a la forma en que el público percibirá algunas de las obras maestras de Tiziano, Rubens o Tintoretto.
El azul elegido no es una tonalidad cualquiera. Durante siglos fue considerado un pigmento tan valioso como el oro, reservado para figuras sagradas y asociado a la nobleza y la espiritualidad. Ya lo describía el pintor gótico Cennino Cennini como un color “noble y perfecto, imposible de describir con palabras”. El Prado rescata ahora ese simbolismo para renovar el alma de su sala más emblemática.
El director del museo, Miguel Falomir, recuerda que las paredes de esta galería han conocido casi “medio Pantone”: del verde neoclásico inicial al gris cálido usado en la exposición de Tiziano en 2003, pasando por blancos, rojos pompeyanos o el tono crema de comienzos del siglo XX. “Los colores responden a modas”, admite, aunque también cumplen una función museográfica que afecta directamente a la percepción del visitante.
Los especialistas aseguran que este azul profundo incrementa el contraste, aporta profundidad y hace brillar los tonos cálidos y dorados de las pinturas. Los visitantes sentirán que las obras “flotan” sobre el fondo, como ya ocurrió en la exitosa exposición dedicada a El Greco en Santo Domingo el Antiguo, donde se ensayó este mismo color. Además, la renovación incluye mejoras en iluminación y una reordenación de piezas que potencian la lectura de cada obra dentro en un entorno más armónico.
La elección no es casual: el azul ha sido protagonista en momentos clave de la historia artística. De la “revolución azul” de Hokusai con el azul de Prusia a la etapa azul de Picasso, pasando por el International Klein Blue de Yves Klein o los jinetes espirituales de Kandinski y Franz Marc. Un color que, más allá de la estética, transmite espiritualidad, calma y trascendencia.
El cambio afecta a 122 metros de galería y 58 cuadros, lo que convierte esta intervención en la más importante de los últimos años en el Prado. Para Alfonso Palacio, director adjunto de Conservación e Investigación, la renovación “ya era necesaria” y supondrá un antes y un después en la manera de recorrer el museo: “dará más contraste y profundidad a las obras”.