Para Leonardo da Vinci, el ojo no era solo un órgano, sino la «ventana del alma» y la herramienta definitiva para comprender la realidad. Su obsesión por la visión unió el arte, la ciencia y la anatomía de formas revolucionarias. Fue el primero en comparar el funcionamiento del ojo humano como una cámara oscura, entendiendo que la luz entraba por la pupila y proyectaba una imagen en el interior del ojo. En 1508, describió cómo sumergir el ojo en el agua podía alterar la visión. Sentando así las bases teóricas de las futuras lentillas. Su profundo estudio de la óptica le enseñó que en la naturaleza no existen líneas negras perfectas alrededor de los objetos. Esto lo llevó a perfeccionar el “sfumato”, una técnica que trata de difuminar los contornos y suaviza las transiciones entre luces y sombras. Esto se consigue aplicando finas capas de pintura translúcida, aportando mucho realismo y profundidad a la escena.





